Irenita se levantaba todas la mañanas muy temprano, y en cuanto salía de la cama se ponía de puntillas para alcanzar los juguetes que en hilera exhibían las repisas de su habitación y entonces los volvía a colocar sobre el suelo: acá la bailarina de rock, allá el caballito de rodeo, a su derecha el tiranosaurio rojo acompañando a D. Payaso Jiji, .... y asi con todos ellos.

Una vez formada la escuadra juguetil Irenita se alejaba unos pasos, se arrodillaba sobre la alfombra, apoyándose en las manos se inclinaba hacía delante, y miraba aquellos juguetes con atención en espera que comenzaran a jugar, era entonces cuando su mama le gritaba: "Nenita ven a desayunar que llegaremos tarde!", se ponía de pie de un salto, recogía con rapidez los muñequitos y los colocaba en el mismo sitio donde instantes antes habían estado.

En el colegio Irenita se sentaba cerca de la ventana. Le gustaba ver a la fauna que desfilaba por el patio de la Escuela: el gatito bizco, la mariposa gris, el escarabajo negro, el mosquito zancudo, el gorrión pardo…y la mosca con tiznes verdosos que se pasaba toda la mañana sobre el cristal de la ventana.

Irenita era una niña muy aplicada: prestaba atención en clase, terminaba todas las tareas escolares e incluso había leido todos los libros de la pequeña biblioteca de su aula. Los profesores elogiaban su dedicación y sus padres estaban orgullosos de tener una hija tan disciplinada

Después de merendar miraba un rato la televisión, le gustaba ver dibujos y series donde jugaban y se divertían. Entre la cena y la hora de irse a dormir Irenita volvía a cumplir con el ritual de la mañana: bajaba los muñecos de los estantes y cuando los había dispersado por el piso, los observaba fijamente, con la esperanza que esta vez si que se pusieran a jugar, cosa que nunca sucedía. Y así un día tras otro.

Cuando Irenita oía a sus compañeras de clase exclamar revoltosamente “¡Que bien lo hemos pasado jugando!” pensaba en lo que un día oyó decir a su abuelita: “a algunos les llega su hora antes…!”, esto fue cuando su vecinito, el hijo pequeño de Dª Manolita, se perdió, o eso creía, porque ya no lo volvió a ver. Irenita creía que ya llegaría su hora del juego. No se le ocurrió que para jugar hay que entrar en el juego. Que solo jugando se aprende a jugar. En el juego de la vida el que sólo observa no juega.

“¿¡Que le pasará a esa niña!?”decía su mamá cuando cada noche la escuchaba gimotear desde su habitación.

Irenita lloraba porque no sabía jugar.

Imagen: OjoDigital.Net

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